jueves, 23 de septiembre de 2010

El extraño caso de un Señor muy extraño



Había un señor que a la mañana se despertaba siempre de buen humor.
Desayunaba tranquilo, mirando por la ventana como amanecía el día.
Pero eso no era lo más extraño.
Como salía con tiempo suficiente hacia su trabajo, nunca pasaba un semáforo en rojo engañándose que aún estaba en amarillo.
Estacionaba en lugares permitidos, compraba el diario al mismo canillita todos los días. Y le pagaba con cambio, buscando monedas en sus bolsillos.
Pero nada de eso era lo más extraño.
Saludaba al llegar, como una vez su Tía le había dicho que así se debía hacer. Atendía a los clientes con una sonrisa, y nunca los hacía esperar.
Además siempre daba el vuelto justo. Ni más ni menos.
Pero eso tampoco era lo más extraño.
Comía tranquilo, masticaba bastante y disfrutaba los momentos  sin alterarse con las noticias de la televisión o de la radio.
Solía caminar mirando para arriba, como para que el sol o el viento, dependiendo del  día, le diera de lleno en su cara.
Pero ninguna de estas cosas eran las más extrañas.
Se reía con chistes inocentes, se alegraba viendo chicos jugar, se emocionaba con las películas románticas.
Se daba el tiempo para leer, pasear, cocinar algo rico y también para disfrutar de hablar con la gente.
Miraba a las personas a los ojos, como si no tuviera nada que esconder.
Decía las cosas que pensaba, pero tratando de no herir ni molestar a nadie.
Y pensaba. Y agradecía. Y a veces hasta también soñaba despierto.
Y aunque parezca muy extraño, ninguna de estas cosas eran las más extrañas de todas.
Lo más extraño, en el extraño mundo del señor extraño, era que, así y todo, era feliz.

                                                                            Jorge Laplume


sábado, 18 de septiembre de 2010

Neuquén


-Neuquén…Paramos 10 minutos… anuncia la voz.
Venía dormitando, tanto ,que debí esperar el segundo aviso para darme cuenta que era real.
-Vamos, que se pasan los 10 minutos!...
-¿No me puedo quedar en el micro?
-No, porque vamos a cargar combustible. Todos abajo.
-¿Puedo dejar la cartera? Preguntó una señora muy gorda.
-Si señora, el coche queda herméticamente (?) cerrado.
Bajé a regañadientes. No quería ni siquiera, como dicen, estirar los pies. Estaba bien arriba. Caminé por un corredor largo  atestado con un montón de negocios que no me interesaban y  terminé sentado mirando una pareja besarse con bastante desparpajo para ser un lugar tan poco romántico.
Cuando mi reloj  mental  me insinuó que ya era hora, subí como un autómata al coche.
Ascendí  último, lo que  me  llevó a pensar que fui un estúpido en perder tiempo en nada, y un afortunado en no haberme quedado en ese desolado parador  a  las afueras de la ciudad capicúa…“Hubieran vuelto”, imaginé.
El micro  ya se estaba moviendo cuando yo  rumbeaba hacia  mi asiento. Me crucé con un muchachito con una pila de vasos de telgopor que me miró extrañado. Le devolví idéntico gesto.
-Usted no venía en este coche, me dijo ,frunciendo el seño.
Me quedé inmóvil. Desconfiando miré a mi asiento y un señor de saco y corbata estaba mandando mensajes desde su  BlackBerry.
Bajé de un solo salto hasta el sector prohibido con alfombra roja  al lado del co-conductor. Ya al tanto , el llamó a alguien por  su Handy. No entendí nada de lo que le dijeron….nunca entiendo cuando hablan con esos  equipos.
El vehículo fue disminuyendo su marcha hasta que paró en la banquina. Me bajé. Muy amablemente el  chico de los vasos de telgopor me dijo que ya venía el otro coche para que suba.
Lloviznaba ahora,  pero minutos atrás había sido  una terrible tormenta. La ruta brillaba en medio de una noche   alumbrada por  la luna. Enfrente una modesta estación de servicio era el único signo de civilización cercano.
Mientras espero, casi pisando el asfalto, diviso un auto volcado unos metros adelante. No es reciente, las plantas crecieron alrededor. Y no es solo uno, son tres o cuatro. Extrañamente no me sorprendo demasiado.
Escucho ruido de motores y sin lentes debo hacer un esfuerzo para dicernir si es mi micro o no.
No…es un auto, creo que  un  Fiat viejo que viene muy rápido sobre el  asfalto muy mojado. A metros de mí, patina peligrosamente  en un charco grande. Es típico ese efecto de “flotar” y perder el control del volante. Una vez me pasó.
Estaba relativamente lejos como para que yo corriera riesgos, pero podría haber sido. Suerte, pensé.
Ahora si, con las balizas puestas y reduciendo la velocidad, ese monstruo de dos pisos, es mi salvación.
No llego a leer que destino está escrito en  las letras intermitentes de leds  rojas, pero sé inequívocamente que vienen por mí.
Y en ese preciso momento, a las dos treinta y seis de la madrugada, suena mi celular indicando un mensaje de texto. Al cabo de un par de minutos el sonido insiste,  y  es, en definitiva, el que me despierta.
Entre asustado y desorientado leo: “todo el día pensando en tus palabras escritas… y en las que no dijiste…”
Despierto de un sueño ….para entrar en otro.

                                                                                                                  Jorge Laplume